La puerta que nunca debiste abrir a media noche
La puerta que nunca debiste abrir a media noche
Alguna vez has tenido esa desagradable sensación de que alguien te mira fijamente desde el fondo de un pasillo oscuro, justo cuando apagas la última luz de la casa? Cuidado con lo que imaginas, porque a veces la oscuridad no está vacía, y hay presencias que solo esperan a que bajes la guardia para recordarte que no estás tan a salvo entre tus cuatro paredes.
Cuenta la voz de los barrios más viejos de la Ciudad de México y de varios rincones de nuestra América Latina, sobre todo en esas casonas antiguas de zaguanes pesados y techos altos, que las paredes tienen memoria y los rincones guardan secretos que jamás debieron desenterrarse. En una de estas vecindajas de fachada despintada, vivía doña Remedios, una mujer de esas que ya no quedan, de las que se la pasan rezando y barriendo la banqueta antes de que salga el sol. Pero doña Remedios tenía una manía extraña: nunca, por ningún motivo, abría la puerta del fondo del patio después de las nueve de la noche. Decía que por ahí se filtraba un frío que no era de este mundo y que las sombras en esa esquina cobraban una textura extraña, espesa como el aceite quemado.
Una madrugada de esas donde el viento aúlla bajito y estremece los vidrios, la curiosidad pudo más que el miedo en el corazón de su nieto, un muchacho escéptico que juraba que los espantos eran cuentos de abuelas. Sintió que alguien lo llamaba desde el fondo del patio, una voz delgada, casi un susurro conocido que le pedía ayuda con urgencia. Sin pensarlo dos veces, bajó las escaleras a oscuras, sintiendo cómo el piso de adoquín mojado le congelaba los pies a través de las calcetas. Al llegar al zaguán trasero, la puerta estaba entornada, dejando escapar un olor dulzón a tierra mojada y flores marchitas que revolvía el estómago. Al asomarse, la sangre se le heló por completo: no había nadie del otro lado, solo una silueta alta, desproporcionada y sin rostro que se mecía lentamente bajo el haz de la única bombilla parpadeante, y lo peor no fue verla, sino escuchar cómo esa cosa respiraba justo al compás de su propio pecho. Desde esa noche, el muchacho ya no sale a la calle de madrugada y las puertas de su casa siempre tienen doble pasador.
Dime la verdad, ¿te atreverías a abrir una puerta si escucharas que te llaman por tu nombre desde la oscuridad total de tu casa a altas horas de la noche? Te leo en los comentarios y dime si alguna vez has sentido que algo te vigila de cerca.
