Las brujas de Atlixco
Hubo un tiempo en Atlixco en que, al caer la noche, las madres no miraban el cielo con admiración, sino con miedo.
Las brujas de Atlixco
Las brujas de Atlixco
Hubo un tiempo en Atlixco en que, al caer la noche, las madres no miraban el cielo con admiración, sino con miedo.
Cuando las últimas luces desaparecían detrás de los volcanes y la oscuridad comenzaba a cubrir las calles, las puertas se cerraban, las ventanas quedaban atrancadas y en muchas casas comenzaban las oraciones.
Porque allá arriba, en el cerrito de San Miguel, aparecían luces.
No eran estrellas.
Tampoco eran antorchas.
Eran pequeñas bolas de fuego que se movían lentamente entre las sombras del cerro. A veces permanecían quietas durante unos instantes. Después descendían por las laderas, se elevaban nuevamente y, de pronto, desaparecían en medio de la noche.
Los viejos decían saber lo que eran.
Eran las brujas de Atlixco.
Por eso, cuando alguna de aquellas luces abandonaba el cerro y parecía dirigirse hacia el pueblo, las madres se santiguaban. Rezaban apresuradamente y hacían la señal de la cruz sobre la frente de sus hijos.
Especialmente sobre los más pequeños.
Porque se decía que las brujas tenían predilección por los niños.
Y cuanto más pequeños fueran, mejor.
Por aquellos años pocos se atrevían a permanecer en las calles después de las ocho de la noche. No porque existiera alguna prohibición, sino porque nadie quería descubrir cuánto había de verdad en aquellas historias.
Contaban que, cuando llegaba la oscuridad, ciertas mujeres encerradas en sus casas comenzaban una terrible transformación.
Primero se quitaban las piernas.
Las dejaban cuidadosamente junto a la hornaza del fogón, donde nadie debía tocarlas.
Después colocaban en su lugar patas de guajolote.
Se arreglaban el cabello, ocultaban cuanto podían su desagradable apariencia y tomaban escobas fabricadas con ramas secas.
Entonces abrían una puerta.
O una ventana.
Y salían volando hacia el cerro de San Miguel.
Allí se reunían.
Pero nunca demasiado cerca de la capilla.
Según los antiguos, había algo sagrado en aquel lugar que les impedía acercarse. Por eso esperaban en la pequeña plazuela situada al pie de la escalera de piedra.
Una tras otra iban llegando desde distintos puntos de Atlixco.
Esperaban en silencio.
Hasta que eran suficientes.
Entonces comenzaba el ritual.
Se acercaban al borde y se lanzaban al vacío.
Caían hacia la oscuridad…
cada vez más rápido…
hasta que, apenas unos instantes antes de estrellarse contra el suelo, sus cuerpos se encendían.
Y una enorme bola de fuego surgía en mitad de la noche.
Después otra.
Y otra más.
Desde el pueblo podían verse aquellas luces recorriendo las laderas del cerrito.
Durante dos o tres horas vagaban sobre Atlixco buscando algo.
O, mejor dicho…
a alguien.
Un niño desprotegido.
Un hombre borracho que regresara solo a su casa.
Algún enamorado distraído caminando de madrugada.
Cualquiera podía convertirse en presa.
Por eso las madres habían aprendido cómo defender sus hogares.
Después de acostar a sus hijos sobre los petates, revisaban puertas y ventanas una última vez. Encendían veladoras frente a las imágenes de sus santos y comenzaban a rezar.
Pero las oraciones no eran suficientes.
También colocaban cruces hechas de ocote y pequeñas estacas cerca de las entradas.
Dejaban tijeras abiertas formando una cruz.
Algunas las escondían debajo del petate.
Otras, debajo de la almohada de los niños.
Todo servía para impedir que aquellas criaturas entraran.
Porque también se contaba algo mucho peor.
Si una bruja encontraba una casa sin protección, podía introducirse silenciosamente durante la madrugada.
Nadie escuchaba la puerta.
Nadie escuchaba pasos.
Simplemente aparecía junto al niño dormido.
Entonces se inclinaba sobre él…
y comenzaba a chuparle la sangre.
A veces del cuello.
Otras veces de un pie.
Y seguía haciéndolo hasta dejarlo pálido, débil y apenas con vida.
Por eso, durante generaciones, pocos habitantes de Atlixco se aventuraron a subir al cerro de San Miguel después de las nueve de la noche.
Los años pasaron.
Las calles cambiaron.
Llegó la electricidad.
Las antiguas casas desaparecieron y muchas de aquellas historias comenzaron a considerarse simples supersticiones de los abuelos.
Pero hubo quienes aseguraron que las brujas nunca se fueron.
Porque todavía, muchos años después, algunas personas afirmaban haber visto una solitaria bola de fuego desplazándose lentamente por las laderas del cerrito.
Una luz extraña.
Cansada.
Como si perteneciera a algo muy antiguo que se negara a desaparecer.
Y quizá por eso, cuando cae la noche sobre Atlixco y una luz inexplicable aparece en las faldas del cerro de San Miguel, todavía hay quien prefiere cerrar la ventana.
Por si acaso.
Porque dicen los viejos que las brujas siguen ahí.
Esperando.
Observando desde el cerro.
Buscando una casa sin cruces…
una ventana abierta…
o alguien que todavía no crea en ellas.
